Publicado en el diario Hoy de fecha 11 de mayo de 2019
Mayo, primavera. Desde donde escribo mis pregones y a través del
ventanal que me da luz, veo la acacia que me va marcando la estación en que vivimos.
Aquella acacia que hasta hace poco me saludaba con sus brazos largos e
inhiestos, yermos, sin vida, con su piel marrón áspera y agrietada, de nuevo ha
reverdecido.
La savia que dormitaba ha despertado de su letargo; ha irrigado sus
ramas vistiéndolas con las hojas que durante los próximos meses me aliviaran el
calor del estío y harán de parasol protector.
Sus hojas verdes, verde que no es un verde, son tantos como los que yo
quiero imaginar; el verde brillante y limpio del haz, el más sedoso y opaco del
envés, ese otro verde que cuando las miro al contraluz y el sol las atraviesa, veo
la radiografía de su interior, me muestran sus nervios, sus venas; esas venas
por las que ahora corre el caldo que en otoño volverá a entrar en reposo para
así cumplir el ciclo de vida de las plantas.
Las mismas hojas que al alba irradian tonos azulados, ocres se vuelven
su reflejo a sol poner.
Aquellas ramas que fueron largos brazos desnudos, ahora están
cubiertos, y al final sus dedos; dedos que sujetan y me ofrecen ramilletes de
flores blancas, flores casi etérea, pero que viven lo suficiente para que las
abejas liben su néctar, son las mismas flores que juegan alguna mala pasada a
quien los estornudos son el santo y seña de la época.
Veo las abejas como se afanan en su ir y venir como obreras
incansables que son, yo me embebo, y como ellas tengo que volver a empezar.
En el atardecer algún moscardón se golpea contra el cristal buscando
la luz artificial de mi lámpara, el sol se ha ido, mañana volverá.
Con las primeras luces del día las ramas sirven para que jilgueros y
pardales revoloteen sobre ellas haciendo mil equilibrios y piruetas como
preludio de los que será la danza nupcial, danza que consumará con el sí de
ellas para que se produzca la prolongación de la especie; alguna urraca
solitaria se posa un instante en el baranda de mi terraza para recordarme que todavía
sigue existiendo el blanco y el negro. El mismo blanco y negro de las cigüeñas
que a lo lejos, recortada sobre el cielo color «azul extremadura», veo cruzas en
su trajín para abastecer a sus crías, crías que pronto estarán sobrevolando
torres y palacios cortesanos en sus primerizos vuelos acrobáticos no exento de
riesgos.
Terminando este mi pregón, una mariposa, que no es blanca ni se
enamoró de un lirio como cantaran Lole y Manuel, cruza errante, sus alas se
convierten en manos que me saludan, ya a lo lejos entiendo que me está diciendo
adiós, yo también se lo digo.
Este mayo atípico por su cantidad y variedad de hojas, unas que a
destiempo han reverdecido en Cánovas convertidas en libros, otras, dictaran
sentencia según nuestra voluntad.
Mi madre también floreció en mayo.



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