
Como me gusta cumplir con los ritos que el calendario festivo nos impone, hoy me toca escribir la carta a los Reyes Magos; este año por varios motivos se la dirijo personalmente a Baltasar, ese que siempre lo ponemos el último de la fila, lo representamos como el más pueril de ellos, además su regalo, la mirra, era el más terrenal de los regalos, ya que se usaba para embalsamar a los muertos, algún otro motivo tengo reivindicativo por aquello de las pateras y el hambre, pero no quisiera yo en estos días de todo deseos levantar algún salpullido en quienes usan papel de fumar, y no precisamente para liar tabaco.
A lo que iba Baltasar, este año quiero 351 regalos, pero no te asustes, que son todos iguales y muy fáciles de conseguir, son libros y todos con el mismo título: «Libro de estilo de la lengua española», publicado por la RAE.
¿Qué para que quiero yo tantos iguales? Yo solo quiero uno a ver si me voy adentrando en las nuevas formas que este nuestro idioma va modificando y las cuales se recogen en este volumen. Los restantes lo vas a mandar a la Plaza de las Cortes en Madrid, a la atención de la Presidenta Ana Pastor con una nota para entrega a cada Diputado.
Ya imagino que habrá como poco un ejemplar de él en la biblioteca del Palacio de la Cortes, pero yo quiero que tengan cada uno un ejemplar en sus asientos para que hagan uso del mismo, y antes de tirarse a la cara los improperios, descalificaciones exabruptos e insultos, se den una vuelta por el librito de marras e intenten decir lo mismo pero pensando que, lo que ellos digan tiene una repercusión amplificada en el resto de la sociedad para generar mala impresión sobre sus señorías. Si ahora que en el Congreso parece que están representadas todas las capas sociales y debiera ser fiel reflejo de la sociedad, no parece que la formas de arreglar sus desavenencias sea lo más normal en el día a día de los ciudadanos; no veo ni escucho mucho por las calles a grito pelado eso de «fascista, golpista, indigno, o mezcla de serrín y estiércol»; y si a eso le añadimos la autocomplacencia propia por el discurso y el aplauso de sus compañeros, estamos
Días atrás, era noticia que en un Parlamento europeo se recriminaba a un miembro por leérsele en los labios, «estúpida mujer», dirigido supuestamente a una adversaria, cierto que allí nos llevan algunos años en eso de parlamentar, ¡pues deberíamos aprender!
Cuando preparo este pregón entre polvorón y polvorón, leo a Félix Grande en una biografía familiar, «La balada del abuelo Palancas» y por boca del patriarca de la saga Palancas escribe: «el uso de las malas palabras, que refuerzan una emoción, afean un argumento».
Sabio el abuelo Palancas, Baltasar; a ver si aprendemos con el librito de marras.



No hay comentarios:
Publicar un comentario