Este pregonero tiene un déficit social, que se manifiesta y agudiza
principalmente durante estos días pasados, cuando en las comidas navideñas con
cuñados la discusiones alimentan, en muchos casos, tanto como las viandas; no
es que no tenga cuñados, pero la distancia, en este caso, hace que
justifiquemos el quedarnos cada uno con los más próximos, tanto en lo kilométrico
como en lo sentimental, ¡y yo, con mi tara!
Y claro, ese saber si uno tiene razón, o no, en los asuntos con
enjundia con el que cada día nos desayunamos, no parece que sea con nuestra
santa con quien tengamos que ponernos en un brete, así que llegado este momento
me encuentro psicológicamente necesitado de exponer mi parecer para engordar o
enflaquecer mi ego.
El momento llegó, y qué mejor oportunidad que en una de esas cenas
“pos-opíparas” con esos amigos con los que se puede disfrutar de comer, beber y
cuestionar con moderación, tratando asuntos que con los parientes podría ser
necesario usar el «Almax forte», pero que en este caso, aparte de lo que alimenta
por el gaznate, también enriquece y alimenta el intelecto.
No empezó este año mal la cosa, cervecitas y aceitunas al modo
anfitriona, todos repanchingados en esos asientos que son más bajos aún que las
“tazascló” y que llegado el momento cada vez cuesta más levantarse, pero se
consiguió.
Paso a mesa alta con tapete y servilleta de trapo, todo un lujo hoy en
día; si la anfitriona nos deleitó con las olivas, a él no hay que pedirle
explicaciones sobre los caldos; después del correspondiente pernil con sabor a
pueblo, un surtido de ensaladas y marinados de esos que ya le hubiera gustado
al Carlos aquel de Yuste que la gota le hubiera entrado por ellos. Entre
botella de denominaciones de aquí y de allá se va calentando la cosa, y ahí, es
donde entra el tratamiento a mi déficit social, «la discusión».
De las cuasi cuatro horas que estuvimos en amor y compaña, que además
no nos hizo falta darnos el correspondiente amigo invisible, ya que preferimos
los visibles, que yo recuerde nadie tuvo la necesidad hacer uso del móvil:
¡conseguido!
Al final la sangre no llegó a Ribera del Marco, el anfitrión tuvo que
hacer como Jesús en Caná, tirar de bodega, pero mi déficit social, que era lo
importante, quedó curado, de momento.
Solo se levanto la voz para decir: «Alexa, pon a Armando Manzanero».



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